Su Jeep todoterreno enfila las calles empedradas del Centro Histórico. “La mayoría de las veces me gusta manejar porque si no, pierdo la realidad con la ciudad”, asegura.
“Me gusta padecer el tráfico igual que mi gente. Si paso por algún bache, digo: ‘Pinche alcalde’. Luego me acuerdo que soy yo y me reporto a mí mismo”, bromea y vuelve a ponerse serio: “Lo más peligroso para un servidor público es estar sustraído de la realidad”.
Mientras pisa el acelerador, la tarde cae sobre la imponente sierra de Las Mitras y el pesado tráfico de la capital concede una tregua para avanzar de manera fluida.